miércoles, 27 de octubre de 2010

La dignidad de un ser se mide por la impresión exterior que da. Hay dignidad en
el esfuerzo y la asiduidad; en la serenidad y la discreción. Hay dignidad en la
observación de las reglas y en la rectitud. También hay dignidad para apretar los dientes
y mantener los ojos abiertos: todas estas actitudes son visibles desde el exterior. Lo que
es capital es actuar siempre con dignidad y sinceridad.

Fundamentalmente, un hombre que ha descollado del montón, sólo ha podido
hacerlo debido a que poseía más habilidad y mérito que los que están colocados
inicialmente en un escalón elevado. Por ello debemos siempre testimoniarles un mayor
respeto.

Se ha dicho: "Si queréis sondear el corazón de un amigo, caed enfermo." Una
persona a la que consideráis amiga cuando todo te va bien, y que os da la espalda como
un extraño en caso de enfermedad o de infortunio, no es más que un cobarde. Es mucho
más correcto cuando un amigo debe enfrentarse con el infortunio, estar cerca de él,
visitarlo y socorrerlo. Un amigo no debe jamás, mientras viva, permitirse distanciarse
de aquellos de los que es deudor espiritualmente. He aquí por lo tanto un medio para
medir los verdaderos sentimientos de un hombre. La mayor parte del tiempo nosotros
nos dirigimos a los demás para pedirles ayuda y luego los olvidamos en cuanto la crisis
ha pasado.

Un hombre que no para de calcular es un cobarde. Digo esto porque las
suposiciones siempre tienen una relación con las ideas de provecho y de pérdida; el
individuo que las hace está siempre preocupado por las nociones de ganancia o pérdida.
Morir es una pérdida, vivir una ganancia y es así que se decide a menudo no morir. Esto
es cobardía. Del mismo modo, un hombre que ha recibido una buena educación puede
camuflar, con su inteligencia y su elocuencia, su pusilanimidad o su estupidez, que son
su verdadera naturaleza. Mucha gente no se da cuenta.

No podemos cambiar nuestra época. En cuanto las condiciones de vida se
degradan regularmente es prueba de que uno ha penetrado en la fase última del destino.
En efecto, no se puede estar constantemente en primavera o verano, tampoco se puede
disfrutar permanentemente; por ello es obrar en vano empeñarse en cambiar la
naturaleza de los momentos actuales para reencontrar los felices días del siglo pasado.
El error de los que cultivan la nostalgia del pasado viene de que no captan esta idea.
Pero los que sólo tienen consideración por el momento presente y afectan detestar el
pasado, parecen ser muy superficiales.

Existe un proverbio que reza: "Cuando el agua sube, el barco también." En otras
palabras, frente a las dificultades, las facultades se agudizan. Es cierto que los hombres
valientes cultivan seriamente sus talentos cuando las dificultades con las que están
enfrentados s
on importantes. Es un error imperdonable dejarse abatir por las
dificultades.